C. Aird & T. Belivet

Las cuerdas del violín

iluminaban los pasillos

donde se paseaban,

no había miedo

en sus pasos,

se cobijaban

en el silencio

de sus miradas

y la distancia

del cielo

a la tierra

no la conocían.

La música

salía del tocadiscos

como un amanecer perpetuo,

las sábanas

escondían

el ineludible destino

de sus bocas

que comprendían todo

lo que sus cuerpos sentían.

Y supieron

que ese lugar

eran ellas

para siempre.

Esperanza

Pronto las ventanas se abrirán de par en par. Las puertas no estarán cerradas más. Los niños saldrán a jugar. Volveremos a reír con nuestros amigos. Yo te amaré por las noches. El mar hará lo suyo y lo dejaremos renacer. Andaremos y saciaremos nuestras ganas de vivir el presente, como hace mucho no lo hacíamos. Daremos abrazos más largos. Y los besos, serán distintos. Donaremos libros. Los hospitales volverán a la normalidad. Nuestras calles, también. Dormir no volverá a sentirse ni a pronunciarse de la misma manera. Esta vez, haremos mejor las cosas. Pensaremos mejor, actuaremos mejor. El viento ha soplado muy fuerte pero estaremos bien.

El cielo del anochecer

Tú me llevas
a lugares
que creía conocer,
atravesamos túneles
llenos de luz,
las formas de expresión
las cuelgo
por todas partes
porque ya no me alcanzan,
en mis sueños
cruzamos lagos,
ríos y bosques,
en las noches
el cielo
repleto de estrellas
nos recuerda
la fugacidad.
Tú me tomas
por el cuello,
llevas tu boca
a mi frente
y me das un beso;
ya me has dicho todo.

El último día que te vi

El tiempo asomado
en la ventanilla del avión,
la música escapando
en mi rostro
somnoliento,
las palabras incomprendidas,
los edificios grisáceos,
el olor a pan,
las cafeterías
que recorrían
el cuerpo entero
de mis libros,
los montes,
los túneles,
la lluvia,
la nostalgia,
tú llorando
en algún parque,
yo cumpliendo sueños,
las paredes blancas
con letras,
personas leyendo,
el reloj,
los sabores
recorriéndome la boca
urgidos,
un recuerdo tuyo,
los cuadros,
las esculturas,
los jardines,
tú sentada
mirando a la gente caminar,
el frío rozándome
los párpados,
el vagón,
la espera,
mis manos postradas
en la cerveza
de aquel bar,
tú susurrándome al oído
a nueve mil kilómetros
de ahí,
también tocabas
mi entrepierna
mientras yo sonreía,
el río,
las iglesias,
los museos,
no tengo tus labios,
la tarde
de vino tinto,
ese barrio,
las calles
conversando con el arte
de aquellos pintores,
yo te abrazaba.

El ruido,
el tráfico,
la distancia,
trece de noviembre,
te beso
por enésima vez
para siempre.

¿Puedes ver el mar?

El viento sopla

ligero,

casi delirante

y ahí está el mar

frente a nosotras

concediéndonos absolutamente todo;

la brisa que deja

resbala por todo el cuerpo

recordándonos

que el futuro está cerca,

y al final,

solo sé

que soñar es verdad

si estás tú.

El otoño de ese año


Te regalo un beso

con mi lengua,

y una mirada

desde mi boca,

para recordarte

el atardecer

que nos hizo el otoño

de noviembre

de ese año.